¿En verdad José Agustín es para tanto?


Tras la muerte de José Agustín (1944-2024), uno de los escritores mexicanos más leído y querido por sus lectores, comenzaron a circular en redes digitales algunos de sus libros más exitosos: La tumba, La contracultura en México, La nueva música clásica, Tragicomedia mexicana, y Ciudades desiertas, entre los principales.

Junto con ellos, casi naturalmente, brotaron algunas interrogantes más o menos capciosas. Entre ellas, la de un señor muy serio y formal: “¿En verdad cree usted que José Agustín es para tanto?” Me permití responder con toda la seriedad que el caso ameritaba.

¿Qué quiere usted decir con “para tanto”? Alcanzo a percibir el desprecio fifí por José Agustín. ¿Por qué celebran “tanto”, y lamentan “tanto”, la vida, obra y muerte de un escritor naco para nacos?

Siempre fue así: las élites y mafias culturales lo despreciaron. La derecha formal, ni se diga. La izquierda doctrinaria, también… ¡Consenso en contra! Qué curioso: los lectores de los años 60, 70 y 80 no les hicieron caso. ¡Felicidades por nosotros!

Claro que José Agustín no era Cervantes ni Virginia Woolf ni Yourcenar. Tragedia que comparte ese escritor naco con el 300 por ciento de los escritores mexicanos, vivos y muertos. Pero José Agustín era un buen narrador, muy bueno en algunos momentos, incluso consistente durante décadas. ¿Literatura menor, superficial?…

Un narrador jovencísimo que cuentas historias de jóvenes (clase media) con el lenguaje “vulgar” de aquellos jóvenes. Democratizó la idea de “literatura” y la figura del escritor. Tuvo éxito, algo insólito en un país de analfabetas reales y funcionales (derecha, izquierda y centro, comenzando por sus “élites”)… Y cultivó una inmensidad de lectores leales. ¿Por el sexo, las drogas y el rocanrol? Sí, también, pero no solamente. José Agustín creció, cambió, aprendió, mejoró. Se convirtió en un narrador sólido sin perder frescura, desparpajo y contacto con un cierto tipo de lectores que también crecieron, cambiaron y aprendieron.

Muchos nos fuimos por otros rumbos, nos refinamos o nos hicimos más corrientes. Algunos ya no seguimos celebrando tanto desparpajo, tanta “frescura” y tanto rocanrol simplón para gritones… Pero, en honor a la verdad, siguió formando parte de nuestra historia personal, íntima y compartida con muchos miles; memoria compartida, incluso entre desiguales y diferentes. Tal vez eso tiene poco que ver con la “calidad” literaria, pero la literatura también implica identificación sentimental: lo colectivo, aunque sea en minorías clasemedieras, urbanas, roqueras y droguitas… Cursilerías así por el estilo. También por eso.

En realidad, no es para tanto. Pero casi nada es para tanto. (Por cierto: hace unas semanas murió otro escritor de la misma generación: Jorge Aguilar Mora (1946-2024), novelista sofisticado, poeta culto, ensayista e historiador de primerísimo nivel. Según mi humilde —pero valerosa— opinión, el “mejor” escritor mexicano vivo de las últimas dos décadas -aunque publicó desde los primeros 70. “Nadie” se enteró. Las mismas élites y mafias, aunque por razones distintas, no lo soportaron. Se fue a vivir y a dar clases en Maryland, en el gabacho, como diría José Agustín.)


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